viernes, enero 11, 2008

Rafael Gutiérrez - Salta - Argentina












CUENTO



ASEDIO EN LOS VALLES




La lluvia y el sol se sucedían en forma continua; sólo el tiempo que se daban para la alternancia indicaba cuando el invierno había dejado lugar al verano.
La sucesión de un par de días de lluvias torrenciales y dos de calor calcinante indicaban el verano, el seco invierno alternaba las precipitaciones de agua nieve con semanas de cálidas tardes y frías noches.
En ese sucederse de dos estaciones que nos paseaban de la escarcha a la canícula despiadada, cualquiera podía pensar que las piedras se deshacían en un desierto de arena, sin embargo, el valle era un vergel, pródigo en ríos, bosques y animales que se guarecían entre los árboles del asalto de la lluvia o del azote del sol.
Ahí, al abrigo de las montañas, esperábamos nosotros jugando a macabras escondidillas con nuestros perseguidores.
Ellos aseguraban que ya no existíamos, que sólo éramos un mal recuerdo de un pasado que a todos convenía olvidar. Sin embargo, año tras año, con una regularidad semejante a las de las aves en sus migraciones, emprendían campañas de rastreo y exterminio.
Al principio, cuando sucedieron las primeras matanzas, dijeron que nos habían acabado y para probarlo exhibieron nuestros cadáveres.
Luego, cuando volvimos a aparecer, muchos creyeron que los cadáveres insepultos resucitaron. Fue entonces que, para disipar esa creencia, comenzaron a descuartizar los cuerpos y a esparcir los pedazos.
Aún así, reaparecimos caminando entre valles y montañas. Entonces creyeron que nos regenerábamos de los miembros dispersos por los campos. Será tal vez por ello que desde la última campaña comenzaron a quemarnos en la plaza de los condenados.
Lo que no saben es que con las próxima lluvia renaceremos de las cenizas y de los huesos calcinados.


EL FUMADOR

Fumaba de un modo frenético y compulsivo, obviamente no podía controlarlo o, más bien, el cigarrillo ya lo tenía bajo su control.
Difícilmente se lo veía sin un cigarrillo en la mano o en la boca porque n podía permanecer sin uno durante más de diez minutos.
De noche se dormía mientras fumaba, lo que se notaba en las quemaduras que había en sábanas, colchones y almohadas. Esa típica circunferencia irregular de bordes entre marrón y amarillo eran la denuncia de los incipientes incendios, contenidos por vaya a saber qué esfuerzos.
Algunas veces su sueño se interrumpía y automáticamente tanteaba el paquete siempre al lado o debajo de la cama.
Si faltaba la brasita entre los dedos se lo veía temblar, los ojos se le ponían rojos y se mesaba los cabellos alternando una mano o la otra.
El índice y el mayor de cada mano estaban amarillos y sus dientes amarronados. Alguna vez tuvo bigote pero renunció a él porque la mancha amarilla a cada lado lo convertía en un apéndice payasesco más que en un rasgo de masculinidad.
Desde que se pusieron ordenanzas restrictivas a los fumadores cada vez fue aislándose y retrayéndose más.
No podía viajar en colectivo porque los choferes y los inspectores lo reprendían, ya sea que los pasajeros lo denunciaran o no.
Peor aún le sucedía en los aviones, por lo que renunció a todo viaje.
En los cafés, sólo los días agradables podía compartir algo en las mesas de la vereda.
En los cines discutió con los acomodadores hasta el extremo de que una vez interrumpieron la proyección y fue sacado de la sala por un policía.
Para visitar a alguien caminaba, pero estaba tan falto de aire que limitó su radio de recorrido a diez cuadras alrededor de su casa.
Por eso, casi siempre se lo veía solo, sentado en la plaza, donde su humo se disipaba sin ofender a nadie, o en su casa, encerrado, escuchando música y leyendo, en compañía de su brasita esclavizante.
Una vez le preguntamos si quería dejar. La respuesta fue precedida de un incómodo silencio en el que levantó la mirada vidriosa mientras la mano sostenía el cigarrillo que se consumía, hasta que un cilindro de cenizas informe se estrelló en el suelo y esbozó una mueca que trató de ser una sonrisa. Entonces dijo que no había elegido una forma de morir sino de vivir.


1 Comments:

At 10:29 a. m., Blogger Fundacion Cumbre said...

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